sábado, 28 de noviembre de 2015

Mi... ¿amigo?

—Tranquilo, si yo pudiera elegir, también elegiría desaparecer este dolor...

Y tan sólo con estas palabras, hizo que mi fortaleza se destrozara por completo. Sin poder aguantar un segundo más, lo tomé entre mis brazos y lo abracé como si quisiera meterlo dentro de mi piel, así nadie le haría daño. Puse mi mano derecha en su cintura y lo acerqué a mi, inconsciente de lo que eso podría significar para él. Subí mi mano izquierda por su espalda, recorriendo su columna con mis dedos temblorosos hasta llegar a su nuca y aferrarlo con firmeza pero con mucho cuidado evitando hacerle daño.

—Lamento que tengas que pasar por esto, creeme que el idiota por el que sufres no sabe lo mucho que vales y lo gran persona que eres. Me gustaría darle una paliza, si tan sólo aceptaras darme su nombre. De verdad que lo haría trizas.

—Estoy seguro de que lo harías—me respondió y trató de secarse las lágrimas que brotaban de sus ojos con su suéter—. Pero no te permitiría que le hicieras daño, es muy importante para mi.

—Lo sé y es lo que más me da coraje, que tú estés aquí sufriendo por ese infeliz mientras él estará seguramente divirtiéndose.

—No lo está, él también sufre, aunque de una manera distinta. Lo puedo ver.

—¿Qué dices? —dije titubeando un poco y traté de alejarme un poco del abrazo de oso que le había dado, pero él me mantuvo cerca, sin dejarme mover ni un centímetro.

—Que el imbécil al que tanto odias está detrás de ti y lo sabe todo ahora. Sabe lo que he sufrido por él. Sabe lo mucho que lo amo. Sabe que estaría dispuesto a todo para hacerlo feliz, incluso apartarme para que sea feliz con otra persona.

Lentamente, con la mente nublada de color rojo por el coraje, me gire sobre los brazos de él para verle la cara al maldito responsable de quitarle la sonrisa más preciosa a la persona más especial de mi vida. Sin pensar siquiera en lo que estaba viendo, ni en quién estaba justo ahí, solté mi más fuerte puñetazo a la cara que habla podido vislumbrar entre las lágrimas de mis ojos. Pero en vez de estrellarse en una superficie blanda de piel, golpeó el gran espejo de la sala de baile. 

Petrificado veía en cámara lenta como se hacían añicos los cristales del espejo, como caían y rebotaban en muchas direcciones. Sentí como sus brazos me rodearon por detrás a la altura de la cintura y recargaba su cabeza en mi espalda, fue entonces cuando lo comprendí todo. Mil imágenes pasaron por mi mente en unos segundos, dejándome claro lo que todo este tiempo estuvo frente a mis narices. Un susurro fantasmal que me hablaba desde lejos, me trajo a mi cruda realidad con las palabras más dolorosas que jamás pude escuchar.

—¿Aún quieres saber su nombre?



No hay comentarios.:

Publicar un comentario