-¿Por qué hoy?
Layla volvió a gritar con todas sus fuerzas, se hacia bolita aferrándose con desesperación su vientre palpitante. Aproximadamente cada hora le daban contracciones peores que las que les dan a las embarazadas en momento de parto, le dolían las articulaciones y se contorsionaba en formas imposibles y durante un minuto tenía que soportar tal calvario. Al menos tenía 59 minutos para recuperarse para el siguiente ataque. Cuando paró esta vez, tardó unos diez minutos en pararse de nuevo del suelo.
La necesidad le atacaba cada cinco años durante tres días y entre más tardaba en ser atendida, más dolorosos eran los ataques. Ésta vez había comenzado en la mañana, ya era medio día y seguía sin poder moverse más allá de su cuarto. En realidad no tenía muchas ganas de salir, pero tenía que ocuparse de ciertos asuntos en el exterior. Tal vez los dejara para después.
Cuándo el dolor se hizo más soportable, se levantó de la cama y se puso una bata. Bajó despacio a la cocina y fue por el bote de basura, no sabría cuantos días tardaría en recuperarse así que tenía que sacar ese cubo antes de que se hiciera un basurero interior.
Puso la tetera con agua, con hierbas de manzanilla y eucalipto, ya que eso le calmaba el dolor un poco. Tomó el bote de basura y lo rodó hasta la calle con calma y se sentó a esperar a que pasara el camión de basura, a los pocos minutos llegó una gran camioneta de mudanza y un coche azul, de éste salió un hombre muy guapo con gafas de sol y bermudas, los trabajadores bajaron de la camioneta y comenzaron a bajar los grandes muebles.
-Genial, lo que me faltaba. El nuevo vecino -dijo Layla entre un susurro mientras miraba al chico, probablemente él sintió su mirada porque volteó y con una gran sonrisa se encaminó hacia ella.
-No, no... No vengas. -Suplicó Layla, pero él no entendió el mensaje y siguió caminando hacia ella- joder...
Ella se levantó tan rápido como su cuerpo dolorido se lo permitió y se tambaleó, lo cual hizo que él chico corriese para ayudarla.
-¿Estás bien? -Le preguntó de manera amable mientras le sostenía de los brazos. -Soy André, tu nuevo vecino.
-Emm si, ya me iba a meter, creo que el camión ya se tardó mucho.
Ella se intentó desprender de sus brazos sintiendo una ola de calor recorrer su cuerpo y ese estremecimiento previo al ataque.
-Debo irme ya. -Dijo más para sí misma que para él, se soltó y caminó de manera rápida hacia la puerta, pero él la siguió detrás con una cara de preocupación.
-¿Puedo ayudar en algo?
-No, gracias. -Respondió cortante.
Ella estaba a punto de entrar a su casa pero ya era demasiado tarde. La ola de dolor llegó antes de que pudiera cerrar la puerta y la tumbó al piso. ¿Qué diablos? No habían pasado ni siquiera veinte minutos desde que se había recuperado del ataque anterior. Seguro fue la cercanía excesiva que había tenido con ese macho humano. Sin poder evitarlo gritó fuerte y se dobló por el vientre
André se quedó completamente paralizado al ver el grito que profirió aquella criatura delicada. Le costó varios segundos salir de su estupor y correr a ayudarla. Se agachó a su lado y estiró los brazos para poder tomarla, pero ella no se dejó.
-¡No me toques! -Dijo ella en un gruñido, justo antes de que volviera a soltar un gran alarido que ésta vez le erizo la piel.
-¿Qué hago entonces? ¿Te dejo ahí tirada? -Le preguntó con desesperación.
Pero ella ya no lo escuchaba, se retorcía de manera inhumana en el suelo y parecía que tratase de arrastrarse dentro de la casa pero no conseguía moverse más de dos centímetros. Él ignoró por completo su orden de no tocarla y con decisión la tomo por debajo de las rodillas con un brazo y con el otro la sostuvo de la espalda, la cargó y se la echó al pecho para poder llevarla dentro. Sin embargo, una ola de calor y deseo puro lo envolvió al momento del contacto con ella. Le costó mucho autocontrol no hacer cosas sucias con aquella pobre alma en pena.
-¡No!
Layla volvió a rugir con todo lo que tenía cuando sintió el caliente roce de las manos de aquel desconocido, sintió palpitar su centro con fuerza y se retorció del dolor que aquello le causaba. No podía ver, pero entre lo nebulosa que era su vista, distinguió su casa por dentro y sintió moverse suavemente, como si levitara. Dejó de moverse, pero al instante gimió cuando sintió una suave y ardiente caricia en su frente, que fue bajando a su mejilla. Escuchó susurros de manera lejana, segundos después un roce en su cuello con algo húmedo le hizo arquearse gimiendo de dolor, fue tal el placer que eso le provocó que sintió una fuerte contracción en su centro que le humedeció por completo y le erizo cada vello de su cuerpo, desde su cuello a su pubis. Fue entonces cuando suspiró de alivio y cayó en un profundo sueño.
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En cuanto entró a la casa cerró la puerta detrás de si con un pie, se adentró y dejó a la chica en el sillón de la estancia, André le tocó la frente para medir su temperatura y bajó a sus mejillas. Ella literalmente estaba ardiendo.
-Tranquila, te ayudaré. No te preocupes.
Buscó con la mirada la cocina y se dirigió, entró para buscar una vasija llenándola con agua fría del grifo y tomó una toallita de mano que estaba sobre la mesa. Volvió a escuchar un grito aterrador que provenía de la sala y volvió tan pronto como pudo. Mojó la toallita y la exprimió un poco, la puso sobre su frente y sus mejillas, pero ella sólo siseó, cuando la mojó de nuevo y la puso sobre su cuello, a la altura de su yugular, ella gimió y alzo la espalda del sillón en un arco y de la nada, cayó profundamente dormida.
André estaba muy confundido y aturdido por la escena que acababa de presenciar, pero tenía que ocuparse de ciertos asuntos privados, específicamente bajo sus pantalones. Era increíble lo hermosa que era esta chica, su cabello rubio estaba trenzado y atado con un listón violeta. Su bata apenas si cubría la piel clara que tenía.
-Para. -Se regañó a sí mismo por el rumbo que estaban teniendo sus pensamientos.
La cubrió con la manta que estaba sobre el sofá y salió lentamente de la casa, cerró la puerta con cuidado y se quedó recargado unos segundos mirando hacia el cielo. ¿Qué enfermedad padecería esta chica para tener ataques así? ¿Vivirá sola? Suspiró resignado para luego volver a su casa y terminar con lo que había empezado, la mudanza.
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Layla se despertó con un sobresalto aferrándose al sillón y a la manta que la mantenía envuelta. Confundida miró alrededor para verificar que no hubiera nadie en su casa, quizá todo había sido una pesadilla, seguro se había golpeado la cabeza en uno de los ataques y había tenido alucinaciones. Pero es que eso no podía ser, estaba en la sala, tapada y con la fiebre baja. Alzó las cejas sorprendida y se levantó con muchísima más facilidad de la que podía esperar estando en su necesidad.
Se tapó bien con la bata y subió a su cuarto de nuevo, se acostó, fue entonces cuando miró el móvil y que se dio cuenta de que algo andaba realmente mal.
-No-puede-ser -dijo lentamente y separando cada palabra.
Eran las ocho de la noche cuándo había salido a tirar la basura, no podía creer lo que sus ojos veían. Según el móvil ella había dormido más de cinco horas, pero eso no era lo sorprendente, lo más increíble era que en esas cinco horas no había tenido un ataque. Desconcertada, Layla salió de la cama y fue al baño para darse una ducha, pero ni siquiera llegó a la puerta porque a mitad de camino estaba ya en el suelo gritando de dolor. Otra vez. Pero en esta ocasión era distinto, lo que más le dolía no era el vientre, sino justo en el centro.
Lloró en esta vez, gimió durante todo el ataque sintiendo un inmenso dolor, incluso sintió como su clítoris estaba a punto de reventar. Toda en ella DESEABA ser tomado. Pensó en aquel roce en su cuello...
Ah, se estremecía de tan sólo recordarlo. Se humedeció un poco, pero eso no ayudó a calmar el dolor del ataque, por el contrario, hacía que fuera peor el sufrimiento. Así que decidió probar algo que jamás se hubiera imaginado capaz de hacer, bajó su mano lentamente posandola en el centro de su dolor y se arqueó soltando un enorme grito desesperado que llegó a ser escuchado en la casa de a lado, por una persona en especial.
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Cuando por fin había terminado de acomodar las cajas y todos los muebles eran pasadas la una de la madrugada. André se sentó en el sillón que aún tenía la bolsa de protección y suspiró de cansancio. Tenía que ir a la cama ya, era muy tarde y en unas horas tendría que levantarse de nuevo para terminar la mudanza. Se levantó y fue hacia donde sería su cocina y tomó un poco de agua directamente del grifo.
En esos momentos comenzó a escuchar nuevamente los gritos aterradores que provenían de la casa de su vecina. Eso en verdad lo incomodó ya que no sabía si debería ir a ayudar o tenía que quedarse ahí. Salió al porche para observar si es que alguien más también los oía, pero nadie estaba afuera a esas horas, eso indicaba que nadie le prestaba atención a esos gritos o es que ya se habían acostumbrado. A cada segundo los gritos eran más y más fuertes, sin saber que hacía realmente él se fue acercando a esa casa, atraído como por un imán.
Hipnotizado caminó lentamente sin quitar la vista de la única ventana de la que salía luz, no sabía cuanto tiempo había pasado desde que estaba afuera de esa casa con la vista hacia arriba, él sólo miraba a la ventana soñando con subir y tomar a aquella mujer entre sus brazos y aliviar su dolor. Pero su autocontrol no duró demasiado, ya que el grito que lo despertó de su estupor fue completamente diferente de los de antes, éste grito sonaba una súplica, una que le rogaba fuese por ella y terminara con ese tormento.
El instinto reaccionó antes que la conciencia y él ya se hallaba atravesando la puerta, fue a las escaleras y subió corriendo completamente enloquecido. Buscó la habitación de la que provenían los gritos lastimeros y aquello que vio fue tan confuso que le petrificó el cuerpo.
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Cuando Layla se sintió a sí misma en su hendidura gritó sin saber si era de dolor o placer, pero tomando en cuenta que en los últimos días esos conceptos se habían fundido, no habría forma de saberlo. Comenzó por acariciarse lentamente, pero incluso el roce del viento le provocaba sensaciones demasiado fuertes. Paró de hacerlo y se aferró como de costumbre el vientre haciéndose rollo, sin embargo eso le provocó aún más dolor así que a pesar de su vergüenza volvió a bajar la mano y ésta vez no paro de acariciarse, eran caricias lentas pero desesperadas.
Justo en el momento en que no creía que nada podría ir peor, no fue así, en ese segundo antes de que su orgasmo llegara vio entrar a una figura masculina, que se quedó paralizado en el umbral de su habitación. Esa mirada de deseo y desconcierto le hizo llegar al clímax más vergonzoso de toda su existencia, pero fue tal el placer que sintió, que volvió a retorcerse como poseída, porque en vez de ser saciada, su necesidad exigió más, mucho más, enviado una ola de calor y hormonas por toda la habitación que le llegó como una invitación irrechazable al intruso que tenía en su casa.
